La Crucifixión

Cristo es representado en la cruz y bajo de ésta la madre, María. La cruz es de color negro. Bajo la cruz está el Gólgota, que en hebreo significa cráneo, y donde, según la tradición hebraica, ahí está la tumba de Adán.

Cristo es representado después de la muerte con los ojos abiertos. En efecto el costado de Cristo tiene la herida abierta también sobre los paramentos sacerdotales de los cuales está vestido. Su posición en la cruz no es de un hombre que sufre o que muere, sino que es aquella de aquel que, con los brazos abiertos de par en par, acoge quien entra en la capilla, como para abrazarlo. Su mirada es serena y la cabeza ligeramente inclinada de lado, expresa una grande ternura hacia aquel sobre el cual se posa su mirada. La cruz es negra, porque el negro es el color de las tinieblas, del pecado y de la muerte. Cristo está allá donde está la muerte, el pecado y la noche del espíritu. En las Sagradas Escrituras la revelación de Dios tiene lugar siempre en la obscuridad: en la noche bajó la palabra de Dios; en la noche el pueblo de Israel salió de Egipto, en la noche nació el Hijo de Dios y se hizo hombre; en la noche fue traicionado, se volvió obscuro en la hora de muerte y en la noche resucitó. Y en la obscuridad de nuestro sufrimiento y de nuestro límite es que Jesús se puede revelar a nosotros. Lo podemos encontrar, para nuestra salvación, no en nuestras perfecciones y nuestras hazañas, sino en las dificultades espirituales, en el sufrimiento, cuando nos sentimos abandonados e impotentes. Es ahí que Él, sin que nos demos cuenta, nos sostiene y nos salva.

Junto a la cruz, bajo de ella, está María, la cual se acerca hacia la herida del costado con un purificador en mano (tela que se utiliza para limpiar el cáliz en la Misa). Con el cual sostiene el cáliz. María es representación de la diaconía de la Iglesia.

Sobre el sacerdocio de Cristo. De la Carta a los Hebreos (7,26-27) Tal era el sumo sacerdote que necesitábamos: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y elevado sobre los cielos; que no tiene necesidad cada día, como los otros sumos sacerdotes, de ofrecer sacrificios antes por sus propios pecados y luego por aquellos del pueblo, porque ha hecho esto una vez por todas, ofreciéndose a sí mismo, el Señor nuestro Jesucristo.

San Pablo refiere en la Carta a los Romanos (8,22-23) que la creación entera gime y sufre dolores de parto hasta ahora y no sólo ella, sino también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, aun nosotros mismos gemimos en nuestro interior, aguardando ansiosamente la adopción como hijos, la redención de nuestro cuerpo. Los estratos de diversos materiales en la parte superior de la cruz quieren representar la redención de la creación. Y la composición en torno a la cruz forma un cáliz, cuya base inferior es compuesta por la tierra, por la montaña, por el Gólgota y la parte superior por el cielo, por el sacrificio del hijo en la cruz. En el cual realiza la grande confesión, al presentar al Padre el pecado del mundo.

La única forma de acercarse a este misterio de amor es la confesión, la actitud de confesión, representada por la escena de la izquierda de la cruz, que representa el pasaje de Lucas 7,36-50, en el que una pecadora unge a Jesús, el cual ha sido invitado a comer en casa de Simón el fariseo.

La mujer se presenta con un frasco de alabastro lleno de perfume y llorando se arrojó a los pies de Jesús de manera que se los bañaba con sus lágrimas. Luego se los secó con los cabellos; también se los besaba y se los ungía con perfume. Por lo que Jesús dice que si ella ha amado mucho, es que sus muchos pecados le han sido perdonados y la despide diciéndole: Tus pecados quedan perdonados. Tu fe te ha salvado; vete en paz.

Es el Señor el único que devuelve la paz al corazón inquieto del hombre. Ese corazón impetuoso como el de Simón Pedro que se resiste a aceptar el gesto de amor y de servicio que hace su maestro y el cual vemos representado por el pasaje del Evangelio de San Juan 15, 1-15 ¿tú lavarme a mí los pies? “No me lavarás los pies jamás” Y les dice más adelante, ustedes me llaman “Maestro” y “Señor” y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Porque les he dado ejemplo. Un ejemplo de Amor y de Servicio, como reza el lema de los Siervos de Jesús.

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