La Anunciación

La escena está ubicada en el extremo izquierdo del presbiterio en un muro en forma de nicho de 7.5 metros cuadrados. La clave de lectura de las escenas de nuestra capilla es de izquierda a derecha. Por esta razón la primera escena, nos introduce de lleno a la plenitud de los tiempos cuando Dios envía a su Hijo para la redención del mundo.

En la Anunciación el ángel se aparece a María, desplegando ante sus ojos el pergamino que revela el mensaje de Dios. La Virgen lo acoge con profundo recogimiento y disponibilidad.

A lo largo de la historia, hay básicamente dos modelos de representación de la Anunciación: uno con el pergamino enrollado (o libro), y el otro, con un ovillo de hilo que la Virgen teje. Encontramos el punto de partida de las representaciones con el rollo en los evangelios apócrifos: los mismo quieren subrayar que la Virgen leía y meditaba el pasaje de Isaías 7, 14: “He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo”.

Otra corriente tendía a destacar que, en el momento de la Anunciación, María estaba orando… Poco a poco el rollo pasaba a las manos del ángel, subrayando así que él era el portador de un decreto de Dios. Hoy después de tanto tiempo, un pergamino en las manos del ángel puede evocar en la memoria una palabra antigua, la que hubo al principio, es decir, el Verbo mismo.

La Virgen, con la apertura de su manto, coincidiendo con la apertura de sus brazos, indica la acogida hecha a la Palabra, el Verbo de Dios. El ovillo apareció para significar el tejimiento de la tienda del templo. La Virgen teje el velo del templo, de este nuevo templo que es el Cuerpo de Cristo, es decir, de la carne del Verbo de Dios. Hasta entonces se escuchaba la Palabra; a partir de ese momento se la contempla, porque la Virgen de Nazaret, convirtiéndose en Madre de Dios, le dio la carne, el cuerpo, es decir, la visibilidad.

En el Espíritu se sitúa el gran misterio de la Encarnación, precisamente porque sin el Espíritu, la encarnación del Verbo nos queda inaccesible. El espíritu viene representado como llama de fuego de Amor que viene de lo alto y que tiene forma como de paloma.

Aquí la Virgen es representada en actitud orante, de humildad y de total apertura ante el rollo de la Palabra. Su cuerpo está sobre el pergamino.

 

En una mano tiene el ovillo de hilo (rojo y oro color propio de la divinidad) a la altura de su vientre, y la otra mano, la tiene levantada, en actitud de acogida a la Palabra.

Unidas por el hilo rojo que al final se vuelve oro. Su manto es rojo (color de la divinidad), por ser la Theotokos “Madre de Dios” En él aparecen 3 estrellas, una en la frente y dos en el vestido, para indicar su virginidad antes, durante y después del parto.

 

Su vestido es azul (color de la humanidad).

El ángel en pie, con su movimiento corpóreo parece recién llegado a Nazaret. Llega veloz a traer el mensaje del Señor. Lleva una especie de estola, para indicar su misión de diaconía, de servicio.

El fondo está constituido por varios elementos que ayudan a encuadrar la escena y darle una fuerza y un movimiento que vienen de lo alto, junto con esa especie de fuego que se derrama sobre la Virgen y llena todo el espacio de una materia en movimiento.

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