Vía Crucis

El Via Crucis así como lo conocemos nosotros, como una forma más ordinaria y popular de devoción a la Pasión de Cristo, para contemplar sus sufrimientos y hacernos tocar por la compasión, es el último anillo de una larga serie de prácticas de piedad que se desarrollaron con el paso del tiempo.

Ya a partir del siglo IV iniciaron las peregrinaciones en Tierra Santa, y el Calvario y el santo Sepulcro se convirtieron en meta de una especial procesión que luego, con el tiempo, se extendió a otros lugares santificados por los sufrimientos del Señor.

En el medioevo latino es San Francisco que su nacimiento da un fuerte impulso a una espiritualidad de la imagen y, como consecuencia, a la evangelización. Francisco ve los personajes del nacimiento como la posibilidad para el fiel de identificarse en los estados de ánimo, en los sentimientos y en los pensamientos de estos personajes.

Esto da lugar a un acercamiento mucho más íntegro y complejo que el simple anuncio verbal. Porque en efecto la salvación es realizada por el Verbo encarnado, por el Hijo de Dios hecho hombre, es necesario que involucre al hombre entero, y así integralmente proponer para proponer y crear un estilo de vida que nos haga contemporáneos de Cristo y de los eventos salvíficos.

 

No se trata por lo tanto sólo de una simple representación, porque había tantos presentes en la Pasión de Cristo, y sin embargo no han reconocido a Jesús como el Hijo de Dios y salvador de los hombres.

 

Se trata de una imagen plasmada por la Palabra de Dios y de la grande teología.

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Pocos siglos más tarde, ya en plena modernidad, San Ignacio de Loyola reafirmó la importancia del imaginario espiritual.

También él, en los Ejercicios Espirituales, motiva al ejercitante a servirse de la imaginación para el provecho espiritual, al interior de las esenciales coordenadas teológicas, para involucrarse más integralmente con todas sus capacidades e inflamarse así mayoritariamente para el Señor.

 

Para Ignacio el provecho espiritual no consiste en elaborar alguna imaginación fantasiosa, sino que es un íntimo conocimiento de Dios que nos inflama con su mismo amor.

El momento en el cual vivimos nos parece particularmente adecuado para apropiarnos de nuevo de aquella tradición que une teología, arte y espiritualidad.

 

El arte hace visible lo concreto -la carne- de la Palabra y de nuestra fe y nos hace partícipes del misterio al cual nos llama Gregorio de Nazanzio: “algunas gotas de sangre”, caídas en el grande cáliz de la tierra, “han renovado todo el universo” (PG 36, 664).

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Este Via Crucis se encuentra en Mengore, en la iglesia de Santa María en Tolmin, Eslovenia, sobre la cresta de los Alpes Giulie.

El Via Crucis fue hecho después de la Primera Guerra Mundial, que había visto Mengore teatro de tanto sufrimiento.

 

Pero el sufrimiento no acabó ahí y continuó durante el periodo fascista (esta zona de frontera, en aquel tiempo era Italia) y luego con el comunismo. Cuando Mengore pasó a ser parte de la Yugoslavia comunista, el Via Crucis fue destruido.

 

El párroco, Milan Sirk, ha querido que este monte, testigo de tanta violencia, tuviera nuevamente su Via Crucis y lo ha pedido al P. Rupnik con su taller del Centro Aletti, y lo han realizado en el 2008.

En las escenas del Via Crucis en mosaico se ven solo pedazos de rostros, destellos de ojos, para concentrar toda la intensidad espiritual en el rostro, en su mirada, desde el momento que el rostro es la revelación de la persona. Como de costumbre, al texto que acompañan las imágenes han sido agregadas algunas citas reportadas de algunos antiguos textos cristianos.

Asi queda de manifiesto aún mas que una devoción que se podría pensar típicamente del occidente del segundo milenio, mientras que con las riquezas y los énfasis que este ha aportado, entierras sus raíces litúrgicas y dogmáticas en el corazón del misterio cristiano contemplado desde siempre por los ojos cristianos.

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